La crisis económica se transforma en miseria social y deterioro urbano

 

La mendicidad masiva en las calles se convierte en el nuevo mobiliario urbano de la capital

 

 

En Madrid, según los informes de Cáritas, hay cerca de 500.000 personas por debajo del umbral de la pobreza.

 

La cifra de parados en la región lleva meses rondando también esa cifra.

 

Los alimentos que se distribuyen gratuitamente pueden beneficiar a cerca de 250.000 personas, según los datos de las asociaciones que los distribuyen.

 

En 2009 se repartieron más de 10 millones de kilos de comida para repartir sin coste alguno. Más de 2.000 asociaciones se dedican a repartir estas ayudas. Solamente el Banco de Alimentos surtió a 434 de ellas. La bolsa tipo incluye pastas, arroz, yogures y algunas latas. También refrescos y otras bebidas, que es lo que genera menos dificultades en el reparto y de lo que suele haber excedentes.

 

En Madrid hay 13 comedores sociales y a pleno funcionamiento actualmente.

 

Las personas que tienen hambre hacen cola desde las cuatro de la mañana para que les den una bolsa de plástico con algunos alimentos básicos. Son muchas nacionalidades distintas y casi todos están en el paro.

 

Los alimentos salen del Banco de Alimentos de Madrid, de Cruz Roja o de Cáritas. Desde el reparto de bocadillos de madrugada, a las masivas entregas de productos básicos, pasando por los comedores sociales o el reparto a domicilio por los habitantes de la Cañada.

 

 

 

El Banco de Alimentos está asociado al colectivo de bancos de alimentos europeos. Estas instituciones surgieron tras la inspiración en 1967 de John van Hengel, actualmente retirado en Arizona (EE UU).

 

La región madrileña, con sólo 8.028 kilómetros cuadrados, el 1,6% del territorio nacional, comprende una población de derecho de 6,3 millones de habitantes del total de España.

 

Además de la capital, con algo más de 3 millones de habitantes, la tercera en la UE, detrás de Londres y Berlín, ya son ocho las localidades de la región que superan los 100.000 habitantes: Móstoles, Fuenlabrada, Alcalá de Henares, Leganés, Alcorcón, Getafe, Torrejón de Ardoz y Alcobendas.

 

El Productos Interior Bruto (PIB) per cápita de la región está en torno a los 30.000 euros, un 28% por encima de la media española y un 21% por encima de la media UE.

 

La ONU ha institucionalizado el “Índice de desarrollo humano” como instrumento de medida de la calidad de vida de una comunidad. Está compuesto de tres variables: Esperanza de vida, renta per cápita y nivel de estudios. El mayor índice de desarrollo humano del mundo lo tiene Noruega, con el 0,963; el menor, Niger, con el 0,201. El de la ciudad de Madrid, con el 0,910 está entre los mejores del mundo. La esperanza de vida al nacer para los residentes en el conjunto de la región es de 81,1 años; 77,5 los hombres y 84,8 las mujeres.

 

En el estudio realizado en 2007 por el periódico The International Herald Tribune, Madrid se situaba como décima ciudad del mundo en calidad de vida.

 

La crisis económica ha acabado transformando un espacio próspero en un territorio donde se produce una convivencia obligada con la miseria social y el deterioro urbano.

 

La mendicidad masiva en las calles ha acabado convirtiéndose en el nuevo mobiliario urbano de la ciudad. Mendigos blancos, negros vendiendo CDs y chinos ofreciendo masajes, configuran hoy el referente más visible en las áreas centrales y periféricas de la ciudad.

 

El intenso proceso de recualificación urbanística llevado a cabo por el Ayuntamiento, con la creación de grandes zonas peatonales y enormes espacios verdes, se ha convertido finalmente en un gran campamento construido desde el deterioro.

 

La distancia entre el espacio físico creado al servicio de la modernidad y las condiciones de vida de una parte importante de los residentes en esa espacio, son enormes.

 

Las iniciativas para gestionar adecuadamente este fenómeno desde las autoridades políticas son inexistentes. El martillo taladrador trabaja en la reforma de una plaza, mientras en la esquina más cercana, una gitana rumana pasa dieciséis horas diarias sentada a la puerta de un establecimiento con un vaso de plástico donde de vez en cuando una anciana echa alguna moneda.